Day XV,

                  Todos, sin excepción, tenemos nuestras virtudes, y todos, también sin excepción, nuestros defectos. No puede ser de otra forma porque virtudes y defectos van emparejados. Detrás de cada virtud hay un defecto emparejado, y detrás de cada defecto hay una virtud. Así, si soy una persona con una gran sensibilidad (mi virtud), probablemente adoleceré de ser muy reactivo, (defecto) o si soy una persona emprendedora y valiente (virtud), puedo fácilmente ser arrogante y manipuladora (defecto). 
                    Somos, por tanto, todos y cada uno de nosotros un complejo equilibrio de rasgos de eficacia e ineficacia que todos ellos forman parte indisociable de nuestra personalidad. Y tanto uno como otro lado de esa dualidad los proyectamos y forman parte de la imágen que de nosotros tienen los demás. 
                   Sin embargo, a aquellas personas que nos gustan, que nos caen bien, tendemos a verlas, y a evidenciar, solo las virtudes, y a las que no nos gustan, a las que nos caen mal, tendemos a percibirles solo los defectos. En ambos casos somos poco objetivos, puesto que estamos viendo solo una parte del retrato. Estamos, por así decirlo, siendo "miopes". Pero es importante conocer que este es un proceso natural que hacemos todos sin darnos cuenta, ya que los seres humanos están predispuestos a prestar atención a la información que confirma sus creencias y minimizar la información que refuta lo que creen. 
                En síntesis, vemos de los demás lo que queremos ver, que es aquello que coincide con nuestras expectativas o creencias. Y esta forma de proceder provoca que exageremos nuestras filias y perpetuemos nuestras fobias, algunas veces más allá de lo razonable.                                                            Estas miopías con los demás tienen efectos directos sobre nuestras relaciones : nos es difícil generar aprecio por aquella persona de la que constantemente solo vemos sus defectos y podemos tener enormes desengaños con aquella persona a la que solo vemos virtudes. Ni una ni otra actitud conforman una imágen real en la que basa nuestros juicios. 
                     Y el efecto va más allá de las relaciones personales, transfiriéndose desde la experiencia particular a la percepción general. El cerebro capta del otro lo que se corresponde con nuestras expectativas. Cualquier signo que concuerde con lo que pensamos de una persona será a nuestros ojos extremadamente visible y evidente y ,en cambio, nos pasará desapercibida cualquier evidencia de lo contrario. 
                    Así pues, aquella persona de la que pensamos que es antipática acabará siéndolo a nuestros ojos sin ninguna duda y no encontraremos la manera de relacionarnos positivamente con ella. Y si pensamos de alguien que es una persona muy simpática, así la veremos sea cual sea su comportamiento. Todo ello nos ocurre por la manía que tiene nuestro cerebro de no cuestionar ni renunciar a sus creencias. 
                      Para abandonar la miopía en nuestra percepción y a ser capaces de ver objectivamente a los demás es necesario que, de vez en cuando, revisemos el retrato que nos hemos hecho de ellos. Es un ejercicio sencillo de reencuadre, destinado a hacer visibles las partes del retrato que, por no coincidir con nuestras creencias, hemos escondido inconscientemente. 
                     El objetivo es conseguir un retrato objetivo del otro, y el ejercicio consiste en, después de hacer una lista mental de las virtudes o defectos de una determinada persona, completarla con la otra parte : las virtudes si nos cae mal y los defectos si nos cae bien. Obtendremos así el retrato real y estaremos sentado las bases para poder establecer una relación mucho más sana con aquella persona. 
                      El proceso es especialmente aconsejable en aquellos casos en los que tenemos a alguien perpetuado en una determinada imágen, es a decir, cuando hace demasiado tiempo que no revisamos la idea que tenemos de ese alguien.

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